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El Watergate de España: dentro del escándalo de corrupción que cambió a una nación. The Guardian

The Guardian

El caso Gürtel comenzó con un magnate de Madrid. Durante la década siguiente, se convirtió en la mayor investigación de corrupción en la historia reciente de España, arrastrando a cientos de políticos y empresarios corruptos – y haciendo añicos su sistema político.

Artículo traducido por AnnA @annuskaodena

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José Luis Peñas (izquierda) y Francisco Correa. / Guardian Design

En un frío día de diciembre de 2007, José Luis Peñas recibió una llamada telefónica del hombre al que recientemente había traicionado. Francisco Correa, un poderoso magnate de los negocios, llamaba para preguntar si podían reunirse la noche siguiente.

Peñas, concejal de un suburbio de Madrid, había trabajado con Correa durante dos años: habían fundado un partido político juntos, para competir en las elecciones locales con un boleto anticorrupción. Peñas dirigió la campaña, Correa la financió. Los dos eran muy diferentes – Peñas era un oso afable, mientras que Correa, más de una década mayor que él, era delgado y se enojaba rápidamente – pero se hicieron íntimos, hablaban casi todos los días, compartían confidencias y cenaban con sus respectivas familias. La hija pequeña de Correa incluso llamaba a Peñas tío Pepe.

Pero en cuestión de unos meses, Peñas se dió cuenta de que su amigo era corrupto. El verdadero negocio de Correa era confabular con los políticos locales para manipular contratos públicos lucrativos. En lugar de enfrentarse a él -o entregarlo- Peñas dedicó más de 1 año a reunir en secreto pruebas contra su jefe.

Y ahora, después de acumular horas de grabaciones secretas, Peñas finalmente acudió a la policía para denunciar a Correa por una serie de crímenes que amenazaron con meter a su antiguo socio en la cárcel durante mucho tiempo, junto con una poderosa camarilla de políticos y empresarios corruptos. Pero la investigación todavía era un secreto: la policía quería reunir más pruebas antes de arrestar a Correa, que aún no tenía ni idea de que lo estaban grabando.

Cuando sonó el teléfono, Peñas sintió pánico. ¿Alguien de la policía había avisado a Correa? Después de todo, el empresario estaba muy bien conectado. En 2002, incluso había sido testigo en la boda de la hija de José María Aznar, entonces presidente del Gobierno de España. Peñas despejó sus temores, aceptó y colgó.

Al día siguiente, Peñas llegó a la oficina de la calle Serrano, la calle más exclusiva de Madrid, a eso de las 17:00 horas. Uno de los hombres de Correa lo condujo a un despacho poco iluminado y le dijo que esperara en una sala de conferencias vacía. Cuando se quedó solo, Peñas metió la mano en el bolsillo de su chaqueta para encender el dictáfono que había estado usando para grabar a Correa y a sus principales subordinados durante los últimos 18 meses. Mientras esperaba, dio un golpecito ansioso a la mesa y se dirigió hacia la ventana para mirar la lluvia que caía afuera. Recibió un mensaje: Correa llegaba tarde. Peñas se preguntó si Correa había ido a algún lugar público para tener una coartada para lo que vendría después. Se imaginó a un hombre corpulento entrando, abriendo la ventana y arrojándolo por el balcón del cuarto piso.

Después de más de una hora, llegó Correa. Lo que Peñas grabaría esa noche se convertiría en la pieza clave del escándalo de corrupción de mayor envergadura en la historia democrática moderna de España. El caso ayudaría a destruir el sistema bipartidista de la nación, a transformar la percepción que el público tiene de la gente que dirige el país y, en definitiva, a derribar un gobierno. La investigación se centró originalmente en las transacciones ilegales entre los pequeños ayuntamientos y la red de negocios de Correa, y finalmente atrapó a cientos de sospechosos en su red. Los investigadores nombraron el caso “Gürtel” – palabra alemana que significa “cinturón/correa” – en honor al propio Correa. “Gürtel es el Watergate de España”, dijo el abogado de Peñas, Ángel Galindo, el año pasado.

En los 12 años desde que Peñas comenzó a grabar, la confianza de los votantes españoles en su gobierno se derrumbó. Cuando estalló la crisis financiera, los españoles de a pie surgieron de los años de bonanza para descubrir que sus hipotecas eran inasequibles, que sus puestos de trabajo habían desaparecido y que los servicios sociales estaban siendo recortados. Se dieron cuenta de que habían sido estafados, no por cerebros criminales, sino por una red de políticos y oportunistas codiciosos que sistemáticamente manipulaban las licitaciones públicas, inflaban los costos de las obras necesarias y se embolsaban la diferencia.

Los efectos del caso Gürtel – y una serie de otros escándalos que han salido a la luz en la última década – siguen sacudiendo a la sociedad española. En 2015, coaliciones respaldadas por el partido populista de izquierdas, Podemos, impulsadas por la ira contra la corrupción política, obtuvieron alcaldías en todo el país. Más tarde ese mismo año, en las elecciones generales, Podemos y Ciudadanos, de centro derecha, asestaron un golpe definitivo al sistema bipartidista, ya que, por primera vez desde el retorno de la democracia, los votos se dividieron entre cuatro partidos principales. Pero aunque el enfado por Gürtel ha puesto fin a la complacencia con la corrupción, también ha destruido la confianza en las instituciones públicas y ha ayudado a abrir el camino para el retorno de la extrema derecha. En las elecciones regionales del año pasado, un partido relativamente nuevo llamado Vox hizo campaña a favor de una política mas dura contra la inmigración y el feminismo, y se presentó a sí mismo como la única fuerza capaz de hacer frente a las élites políticas que se sirven a sí mismas. En diciembre, se convirtió en el primer partido de extrema derecha en ganar escaños en España desde la muerte del propio Franco.

Tras su caída, muchos españoles llegaron a ver en Correa la encarnación de la cultura de la corrupción que había enriquecido al país en los años 1990 y 2000, y que poco después lo dejó al borde de la bancarrota. Era ambicioso, imprudente y ostentoso. Pero cuando Peñas se topó con él por primera vez, casi dos décadas antes, esas mismas cualidades tenían un cierto atractivo. Correa se mostraba muy confiado y triunfador. “Su nombre era sinónimo de negocios”, me dijo Peñas.

Era el tipo que movía los hilos.”

Ambos se conocieron en 2001, cuando Peñas era miembro junior del Partido Popular (PP), el partido conservador fundado por uno de los ex ministros de Franco en 1989, que se había convertido en el lugar por excelencia de los votantes españoles de derechas. Peñas, entonces concejal de Majadahonda, una localidad en las afueras de Madrid, se iba a casar. El alcalde de la localidad, Guillermo Ortega, le dijo que sería bueno para su carrera invitar a Correa, el principal promotor de Ortega, y así lo hizo. Como regalo de bodas, Correa regaló a la pareja una semana de vacaciones en la isla de Mauricio. Nunca se habían conocido antes.

Durante los años siguientes, Peñas y Correa se vieron poco el uno al otro, pero en 2005, todo cambió. En febrero, Ortega dimitió como alcalde, citando oficialmente razones de salud, en medio de los informes de los medios de comunicación sobre una disputa con la dirección del PP por su manejo de un importante contrato de compraventa de terrenos. Unos meses después, Peñas y otro político local del PP alegaron públicamente que el mismo contrato de compraventa de terrenos era un plan para defraudar a los contribuyentes. El caso fue investigado por los fiscales anticorrupción, pero posteriormente se archivó cuando no encontraron pruebas de que se hubieran cometido actos delictivos. Peñas y su colega, mientras tanto, fueron expulsados del PP -en represalia, según ellos, por sus intentos de denunciar la corrupción. (El PP declinó comentar sobre el motivo de la expulsión de Peñas o sobre cualquier otro aspecto del caso Gürtel.) Peñas se encontró sin un hogar político, mientras que la pérdida de un aliado clave había hecho que Correa temiera ser excluido de las lucrativas oportunidades de negocio en Majadahonda. Cuando Correa se ofreció a respaldar un nuevo partido dirigido por Peñas, parecía la solución perfecta.

Inicialmente, según Peñas, el estatus y las conexiones de Correa -que se mantuvo próximo a otros altos cargos del PP incluso después de la contienda de Majadahonda- le impidieron considerar que su promotor financiero también fuera corrupto. Peñas había visto antes señales de corrupción entre sus colegas, dijo, pero a finales de 2005, después de escuchar a Correa hablar de un soborno tan descarado que no pudo ignorar, se vio obligado a tomar una decisión.

Esa noche, Peñas no pudo dormir. Acostado en la cama, repasó sus opciones. Podía acudir a la policía, pero ¿quién le creería? Correa conocía a todo el mundo. Y Peñas ya había sido atacado en el pasado después de denunciar una supuesta corrupción. Sabía que necesitaba pruebas contundentes. Tenía que grabar a Correa.

Peñas siguió trabajando en el nuevo partido político con Correa, pero desde principios de 2006 comenzó a grabar a sus amigos y colegas, escondiendo su grabadora dentro de una carpeta que colocaba sobre el escritorio, o guardándola en el bolsillo de su chaqueta. “Estaba tan asustado. Temía que un día la grabadora empezara a hacer ruido”, dijo Peñas. “No soy ningún espía.” Muchas horas de grabación fueron inaudibles y tuvieron que ser desechadas. “Lo que realmente me motivó fue ver que era el propio Partido Popular el que manejaba todo esto”, me dijo Peñas.

“Correa era sólo un individuo, pero el Partido Popular protegió a docenas como él.”

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Francisco Correa en Valencia, 2013. Fotografía: Heino Kalis/Reuters

Correa no tenía los antecedentes de un aliado típico del PP, pero pasó toda su vida aprendiendo a congraciarse con la élite conservadora de Madrid. Nació en 1955 en Casablanca, donde su padre republicano José había huido en la década de los años 1930 después de la guerra civil española. La familia disfrutaba de una vida de clase media-alta cómoda, hasta que los disturbios políticos en el recién independizado Marruecos los obligaron a marcharse. Volviendo a Madrid sin casi nada, la familia tuvo que empezar de nuevo desde cero.

En su adolescencia, Correa empezó a trabajar como botones en un hotel del centro de Madrid. Motivado y perseverante, se abrió camino y se forjó una prometedora carrera en una agencia de viajes a los 20 años, antes de crear sus propias empresas de viajes y eventos e invertir en el sector inmobiliario. Quería triunfar donde creía que su padre había fracasado, dice María Antonia Puerto, la primera esposa de Correa. “Siempre puso el poder y la ambición por encima de todo lo demás”, me dijo.

A mediados de los 90, después de haber sido presentado mediante socios mutuos, Correa comenzó a organizar vacaciones para altos cargos del PP, estableciéndose como un exitoso contratista legítimo. Años en la industria de viajes de alto standing le habían enseñado cómo complacer a los ricos y poderosos, y a finales de la década, Correa había progresado en la organización de eventos de campaña para el partido, ganándose más tarde la reputación de organizador de extravagantes mítines en plazas de toros, con extravagantes espectáculos pirotécnicos.

Pero Correa no estaba satisfecho. España estaba en pleno auge y todo el mundo sabía que el dinero de verdad estaba en la construcción y en los lucrativos contratos público-privados. En un grupo de localidades adineradas en las afueras de Madrid, todas ellas controladas tradicionalmente por el PP, Correa encontró un punto de apoyo donde empezar a conspirar con los funcionarios locales para amañar algunos contratos a su favor. Juntos inflaban el precio de un contrato -obras de construcción, limpieza de calles, campañas de información pública- y lo adjudicaban a una empresa controlada por Correa y se aseguraban que todos los que importaban recibieran un corte. Buen conversador, Correa era un experto en la práctica de la sobremesa y comenzó a buscar más y más alcaldes que, a cambio de sobornos, pudieran participar en el plan.

Con el tiempo, Correa fue construyendo a su alrededor un equipo rotativo de asesores: contables, algunos de los cuales registraban el flujo constante de sobornos y comisiones; abogados para construir estructuras de sociedades off-shore elaboradas que se utilizaban para ocultar dinero; negociadores carismáticos que solicitaban nuevas marcas para los negocios y expandían sus operaciones más allá de Madrid. Su número dos, Pablo Crespo, anterior miembro veterano del PP en Galicia, ayudó a consolidar la conexión de Correa con el partido que se convirtió en su cliente más importante.

Vestido con trajes de diseño y con el cabello peinado hacia atrás, Correa tenía el aire de un banquero de Wall Street asistiendo a una fiesta de disfraces como Al Capone. David Fernández, un periodista que escribió un libro sobre el caso Gürtel, me comentó: “Él se encargaba de pagar la cuenta y te prodigaba con regalos caros”. “Para muchos políticos que eran susceptibles de corrupción, esto era increíblemente atractivo, y Correa sabía cómo explotarlo. Tenía un don para esa vieja forma de hacer las cosas en España”. Los alcaldes y sus familias recibían vacaciones a través de la compañía de viajes de Correa, o regalos de relojes de diseño o coches deportivos. Durante las carísimas cenas en el barrio madrileño de Salamanca, Peñas dijo que Correa pedía vino, pero lo dejaba intacto para mantener la cabeza despejada. Mientras sus invitados, políticos a cargo de grandes presupuestos, bebían o perseguían a las mujeres, Correa observaba pacientemente sus puntos débiles. “Con su ambición, nada podía detenerlo. Si veía la posibilidad de un acuerdo, lo intentaba”, me dijo Arturo González Panero, ex alcalde de Boadilla del Monte, una localidad acomodada a unos 16 kilómetros al oeste de Madrid. Correa era

“completamente descarado, sin escrúpulos”.

Si el soborno no funcionaba, él probaba el chantaje. Cuando Panero se negó a cooperar, afirma que Correa amenazó con poner fin a su carrera. Planeando cómo responder al alcalde, Correa supuestamente intercambió ideas con su mano derecha, Crespo, quien tomó notas en un bloc de papel rayado que luego le fue confiscado de su oficina. “No queremos arruinar tu vida”, lee el punto 1 de 23. “[Correa] te ha tratado como a un hermano y tú lo has tratado como a un perro”. Si Panero no cambiaba de opinión, continuaba la nota, publicarían un video de él, rodeado de pilas de dinero en efectivo, aceptando un soborno. (Panero, que niega haber hecho nada malo, se encuentra actualmente a la espera de juicio en otra parte de la extensa causa. Niega haber aceptado un soborno o tener conocimiento de la cinta de vídeo. No se encontró ningún video de este tipo durante la investigación.)

Hubo otras presiones para ponerme a raya, me dijo Panero recientemente. Cuando se convirtió en alcalde, con sólo 33 años, Panero dijo que la cultura jerárquica del PP hacía difícil retroceder cuando el partido le pedía que trabajara con Correa o con otro empresario favorecido. Panero alega que Luis Bárcenas, entonces administrador jefe del partido y más tarde tesorero, le ordenó que adjudicara contratos a empresas específicas. Afirma haberse negado a seguir estas órdenes, pero especula que otros en su posición podrían haber sido influenciados por este tipo de presión. “No es sólo la tentación de que te ofrezcan 100 millones de pesetas por un contrato”, dijo Panero. “Es también la presión del tesorero del partido, un líder nacional llamándote y diciéndote que es lo que el partido necesita.”

Correa, y otros como él, prosperaron porque, hasta hace poco, la corrupción no se consideraba un gran problema. Después de casi 40 años de dictadura, España dio la bienvenida a la democracia a finales de la década de 1970, y desde mediados de la década de 1980 el grado de apoyo al sistema político fue constantemente alto. La corrupción era un problema, por supuesto, pero no era una prioridad. A principios de la década de 1990, mucho antes del caso Gürtel, el partido socialista – tradicionalmente la otra fuerza principal en la política española aparte del PP – se vio implicado en una serie de escándalos financieros y políticos. Pero, en parte, debido a que había pocas alternativas políticas para los votantes enojados por la corrupción, los dos partidos principales tenían pocos incentivos para mejorar su conducta.

Además, la mayoría de la gente tenía otras cosas en la cabeza, entre ellas la posibilidad de ganar dinero. Durante el boom inmobiliario que duró desde mediados de los años 1990 hasta 2007, España construyó más viviendas que Francia, Alemania y el Reino Unido juntos. Y no era sólo la vivienda. Localidades con poblaciones de decenas de miles de habitantes construyeron aeropuertos, mientras que carreteras nuevas y líneas ferroviarias de alta velocidad se extendieron como telas de araña por todo el país. Y con cada proyecto surgió la oportunidad para políticos y empresarios sin escrúpulos como Correa de amañar contratos. Hoy en día, muchas de estas viviendas y proyectos de infraestructura están abandonados, ruinas de una época de exceso. Tratar de destetar a España de la construcción, bromeó un economista tras la caída financiera, fue como dejar las drogas duras.

El verano pasado, Peñas me llevó por Majadahonda, el acaudalado barrio madrileño que había sido el epicentro de los negocios de Correa. “Es un museo de la corrupción”, dijo, señalando los acontecimientos relacionados con Gürtel y otros casos de corrupción. Las urbanizaciones de lujo y sus oasis ajardinados se entrelazaban en un terreno reseco, marchitándose con el calor. Banderas de España colgaban en los balcones de los grandes apartamentos. Los parques y las calles llevaban el nombre de miembros de la familia real española.

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Obras en Madrid. Fotografía: Pablo Blázquez Domínguez/Getty Images

En las grabaciones que hizo, Peñas suena relajado, su voz ronca a menudo se convierte en una risa de pecho. Pero, dijo, el estrés de su doble vida era con frecuencia insoportable. Más de una vez pensó que lo estaban siguiendo. Una vez, cuando conducía para encontrarse con Correa, tuvo un ataque de pánico y tuvo que detenerse para recobrar la compostura.

Durante todo el tiempo que estuvo grabando las cintas en secreto, sólo tres personas sabían lo que Peñas estaba haciendo: su esposa, un colega compasivo y un destacado activista anticorrupción local, Ángel Galindo, que se convirtió en su abogado. Peñas decidió decírselo a Galindo alrededor de un año después de empezar sus grabaciones.

“Quiero decírselo a alguien porque tengo miedo de aparecer flotando en un río algún día y eso será el final de todo”, le dijo.

Para demostrar lo que estaba en juego, reprodujo una de sus grabaciones a Galindo. En la cinta, se podía escuchar a Correa hablando de Galindo, discutiendo cómo persuadirlo para que abandonara su campaña contra un supuesto contrato corrupto. La grabación aturdió a Galindo. “Tuve que salir de la habitación para tomar el aire. Me causó un dolor en el pecho”, me dijo. Una vez recobrada la compostura, reprodujo la grabación una y otra vez, hasta que la escuchó más de una docena de veces. “Fue como levantar una venda en los ojos y enfrentarme a la realidad. Cómo funcionan realmente las cosas”.

En mayo de 2007, el nuevo partido que habían formado Peñas y Correa sufrió una humillante derrota en las elecciones locales, ganando sólo 183 votos. Después de eso, la pareja perdió el contacto. Mientras Correa se dedicaba a otras aventuras, Peñas y Galindo estaban ocupados transcribiendo las entrevistas y preparando la denuncia que llevarían a la policía. Finalmente, el 6 de noviembre de 2007, se dirigieron a las oficinas de la unidad de delitos financieros de la policía española y les entregaron un CD con casi 18 horas de grabaciones, transcripciones y una lista de 30 nombres de personas implicadas. Durante varias horas, Peñas relató a los oficiales su historia mientras ellos tomaban notas detalladas.

Fue al mes siguiente cuando, de repente, Peñas recibió la llamada de Correa. Antes de que Peñas fuera a la reunión, se lo dijo a Galindo, quien se aseguró de que la policía lo supiera. En la oficina de la Calle Serrano, el 12 de diciembre de 2007, Peñas encendió la grabadora y esperó. Cuando Correa llegó con Crespo, su mano derecha, Peñas se relajó. Su tono de confianza le aseguró que no tenían idea de que había acudido a la policía.

Después de hablar de negocios durante una hora, Peñas y Correa se desplazaron al Hotel Meliá Fénix. Era el mismo hotel donde Peñas había decidido empezar a grabar a su jefe, y pertenecía a la misma cadena que el hotel donde Correa había iniciado su carrera como botones años atrás. Decorado con alfombras rojas y muebles dorados, el edificio rezumaba la clase de riqueza ostentosa que Correa adoraba.

Esa noche, mientras una unidad policial vigilaba el hotel, Correa se desahogó. Pocas noches antes se había reunido con uno de sus antiguos contactos en el PP, el administrador jefe del partido, Luis Bárcenas, el hombre que controlaba las cuentas secretas del partido. La reunión no había ido bien. Correa y Bárcenas, a pesar de haber trabajado juntos durante años, supuestamente tenían una relación difícil. Bárcenas, Correa se quejó a Peñas, le estaba excluyendo de los nuevos contratos.

Para sonsacar informacion a Correa, Peñas fingió ignorar la relación de su amigo con el poderoso político. Correa mordió el anzuelo, diciéndole: “Yo, Paco Correa, […] he dado personalmente 1.000 millones de pesetas a Bárcenas.” No sólo eso, continuó, sino que sabía dónde guardaba Bárcenas su dinero, y “cómo lo saca de España y lo mueve al extranjero”.

“Por eso te tienen tanto miedo”, respondió Peñas, siguiendo el juego. “Tú lo sabes todo.”

“Sí”, dijo Correa. “Pero yo no pienso hablar.”

Durante el año siguiente, la policía continuó reuniendo pruebas contra Correa y sus asociados. Mientras escuchaban sus llamadas, los oficiales se enteraron de que Correa fluctuaba entre la seguridad de un hombre acostumbrado a pagar para salir de sus problemas y la paranoia, mientras sospechaba cada vez más que alguien lo había delatado.

Poco después de las 10.00 horas del 6 de febrero de 2009, la policía llevó a cabo redadas simultáneas en casi 20 inmuebles de toda España, deteniendo a cinco personas y confiscando los registros empresariales. Durante una de estas redadas, los agentes forcejearon con el contable de Correa para obtener un dispositivo USB negro de su puño cerrado. En él, encontraron una hoja de cálculo que parecía contener una contabilidad detallada de todas las ganancias ilícitas del grupo. Los pagos a políticos y empresarios parecían haber sido debidamente registrados.

La noticia fue un terremoto político. A los pocos días de las primeras redadas, las acusaciones de corrupción, que antes se consideraban un problema aislado, habían afectado a altos cargos del PP en todo el país, sumiendo al partido en el caos y causando dimisiones. Decenas de sospechosos serían investigados por una serie de cargos, entre los que se incluían el soborno de funcionarios públicos, el blanqueo de dinero y la pertenencia a una organización criminal. Muchos de los detenidos eran personalidades respetadas. Uno de ellos había sido vicepresidente de la petrolera estatal española Repsol, aunque había abandonado la empresa años antes de su detención. (En 2018 fue condenado a tres años de prisión por fraude fiscal.)

Seis días después de las redadas, el 12 de febrero de 2009, el PP realizó una conferencia de prensa para negar la participación del partido en cualquier acto ilícito. De hecho, fueron mucho más lejos, afirmando ser víctimas de una conspiración de la izquierda. El caso Gürtel, según ellos, fue un ataque partidista sin precedentes contra el partido, ideado por el controvertido juez Baltasar Garzón y los ministros del partido socialista, que en ese momento ostentaba el poder. “Esto no es una trama del PP”, dijo Mariano Rajoy, que entonces era el líder del PP. “Esto es un complot contra el Partido Popular”.

En los años posteriores a la publicación de la investigación, el PP hizo todo lo posible por obstaculizar su avance, presentando múltiples denuncias contra fiscales, policías y jueces involucrados en el caso.

“Todos nosotros, de una forma u otra, sentimos el aliento del poder en la nuca”, me explicó Garzón.

Peñas sintió la amenaza casi inmediatamente. A los pocos días de las detenciones, y a pesar de que la investigación fue sellada por orden judicial, se filtró que él era el informante detrás de las grabaciones. En la conservadora localidad de Majadahonda había muchos que vieron a Peñas no como un soplón, sino como una rata, un agente de un complot para derrocar al PP. En la calle, la gente a veces lo arengaba o le escupía. Comenzó a recibir llamadas telefónicas amenazadoras en su casa. En un incidente ocurrido ese mismo año, Peñas me dijo que su esposa, Raquel, estaba conduciendo a casa con sus dos hijos pequeños, cuando otro vehículo la obligó a salirse de la carretera y se estrelló contra una zanja. Los tres pasajeros quedaron aterrorizados pero ilesos. Alrededor de las 2 de la mañana siguiente, un hombre llamó a su casa. La próxima vez, la voz le dijo a Peñas, su esposa lo pagaria, como otros denunciantes que experimentaron un acoso similar. “Para mí ha sido como una película de terror”, dijo Ana Garrido, una ex funcionaria que denunció presuntos actos de corrupción en la localidad de Boadilla del Monte en 2009. Garrido se ha enfrentado a “amenazas de muerte, a ser perseguida, demandada [sin éxito por su anterior jefe], a ser chantajeada y a tener que renunciar a mi trabajo”.

Con nuevos y sórdidos detalles filtrándose constantemente en la prensa, el caso Gürtel estuvo durante años en las portadas. Los periódicos informaron de cómo Correa contaba los sobres de dinero a plena vista en las cenas, organizaba fiestas sexuales para políticos y pasaba tanto tiempo en un burdel cercano que lo apodaron “la oficina”. Los hombres que supuestamente habían conspirado con Correa a menudo eran citados no por sus nombres reales, sino por coloridos seudónimos que vendrían a caracterizar el caso en la imaginación del público: La rata, la albóndiga, el bigote, Luis el bastardo.

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Protesta de los indignados en Madrid, 2012. Fotografía: Emilio Morenatti/AP

Las revelaciones se produjeron a medida que la crisis económica comenzó a afianzarse, lo que provocó la indignación por la corrupción. En 2011, el desempleo alcanzó el 22%. Casi uno de cada dos jóvenes no tenía trabajo. En mayo de 2011, manifestantes, la mayoría jóvenes, comenzaron a ocupar plazas en Madrid, Barcelona y Valencia para protestar contra los rescates bancarios, la austeridad y la corrupción. Se les conocía como los indignados. Más de 6 millones de personas participaron durante semanas en las protestas. Las encuestas nacionales mostraron un apoyo abrumador al movimiento, que trascendía las líneas partidarias tradicionales. Una generación de jóvenes con pocas perspectivas de empleo comenzó a cuestionar los postulados que habían sustentado la joven democracia española. “Gürtel fue el momento de ‘el Rey desnudo’ para España”, dijo Carlos Delclós, ex activista de los indignados y autor de un libro sobre el movimiento y su heredero político, Podemos.

Gürtel dejó claro que no se trataba de casos específicos de corrupción, sino que se trataba de casos sistémicos. La corrupción era el sistema.”

A pesar de la indignación, muchos votantes continuaron respaldando al PP, persuadidos por las afirmaciones de que el entonces gobierno socialista estaba orquestando toda la investigación. En las elecciones generales de noviembre de 2011, con la nación en riesgo de impago de su deuda y ante la perspectiva de que se requiera un rescate al estilo griego, España votó rotundamente por el PP, liderado por Mariano Rajoy. De vuelta al poder y con mayoría absoluta, el PP se embarcó en una agresiva serie de recortes para reducir el déficit y frenar la espiral de endeudamiento de España, a pesar de las advertencias de que esto incrementaría las penurias para muchos.

Pero el caso Gürtel no moriría. A medida que los investigadores buscaban dinero robado, el caso se amplió hasta abarcar 15 países. En su país, la policía comenzó a encontrar las huellas dactilares de Correa en más y más contratos aparentemente sospechosos. Una investigación secundaria, ahora en espera de sentencia, acusa a Correa y a varios otros acusados de soborno y manipulación de una licitación para el aeropuerto estatal que opera el gigante Aena. Otra investigación en curso está examinando las alegaciones de que Correa y un ex político del PP, que niega haber cometido actos ilícitos, conspiraron para defraudar al contribuyente en un trato para suministrar equipos audiovisuales que se utilizaron durante la visita del Papa Benedicto XVI a Valencia en 2006.

Entre 2012 y 2014, en la cúspide de la austeridad, parecía como si en todas partes hubiera algún representante previamente respetable que estaba siendo juzgado por robar dinero público. Incluso la familia real, al parecer, se encontraba involucrada: un escándalo de corrupción centrado en el yerno del entonces Rey, Iñaki Urdangarín, desprestigió a la monarquía. En 2014, el que fuera popular Rey Juan Carlos abdicó, citando razones de salud, en medio de una fuerte caída de su popularidad. (El año pasado, Urdangarín fue condenado a seis años de cárcel por fraude fiscal y malversación de fondos.)

Lo más explosivo de todo, en enero de 2013, el periódico El País publicó los extractos de las cuentas manuscritas -llamadas ‘los papeles de Bárcenas’ en honor al tesorero del partido, Luis Bárcenas- que supuestamente registraban los movimientos de dinero en efectivo que entraban y salían de un fondo de inversión del PP, utilizado para financiar las campañas del partido. El dinero entraba, afirmó Bárcenas después en los tribunales, como grandes donaciones de empresas, y era redistribuido, en pagos en efectivo en las decenas de miles que se entregaban personalmente en sobres de billetes de 500 euros a algunos altos cargos del Partido Popular (PP).

Los votantes se quedaron asombrados por el descaro de los políticos y empresarios. Antes de ser encarcelado en 2013 por fraude fiscal, un político del PP en Valencia ganó la lotería cinco veces. (Él niega haber actuado mal, alegando que simplemente fue muy afortunado.) Un eslogan de la era de los indignados capturó la ira que se sentía en esos años:

Se nos mean encima y dicen que llueve.

En una fría y despejada mañana de octubre de 2016, una hilera serpenteante de cámaras de televisión se reunió frente a un juzgado en un suburbio de Madrid durante el primer día de las audiencias del caso Gürtel. Era el único juzgado lo suficientemente grande como para albergar el juicio, con 37 acusados, muchos más abogados y decenas de periodistas que llenaban la sala cada día.

Con una chaqueta marrón y corbata roja sobre una camisa blanca, Correa entró en la sala mientras un pequeño grupo de manifestantes gritaban insultos. En los años posteriores a su detención, Correa se había convertido en un paria nacional, al que se referían burlonamente con el apodo que, según se dijo, se había dado a sí mismo años antes: “Don Vito”, un homenaje al jefe de la mafia en El Padrino. Obsesionado desde una edad temprana con escapar de la desgracia financiera que le sucedió a su familia, ahora estaba arruinado. Pasó tres años en prisión preventiva, sin poder pagar la fianza, que al parecer se fijó en 85 millones de euros.

Ante el tribunal, Correa dio detalles de su relación laboral con el PP. Llevaba maletas llenas de dinero a la sede del partido, dijo, nunca pasando por recepción sino entrando con una tarjeta de acceso especial que le permitía entrar y salir discretamente. “[La sede del PP] era mi hogar”, dijo. “Pasaba más tiempo allí que en mi propia oficina.”

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José Luis Peñas sale del juzgado en Valencia, 2011. Fotografía: Heino Kalis/Reuters

Al igual que muchos de los 37 acusados, que formaban parte de grupos rivales, Correa no se mostró afectado por el procedimiento. Él y Crespo mantuvieron su inocencia y pasaron el juicio susurrando el uno al otro como escolares castigados. Pero Correa parecía visiblemente herido por la forma en que Peñas lo había traicionado. “No tengo palabras para describirlo”, dijo al tribunal. “Hay que tener mucha maldad para vivir en mi casa, […] y mientras tanto grabarme para poder denunciarme a la policía.” Después de que Peñas subiera al estrado en diciembre de 2016, Correa lo desafió durante un receso frente a varios espectadores. “Eres un sinvergüenza”, le dijo a su antiguo amigo. “Te estabas llenando los bolsillos.” En respuesta, Peñas, permaneciendo en silencio, levantó las manos y las colocó juntas para imitar a alguien esposado.

En junio de 2017, nueve meses después del inicio de las declaraciones, subió al estrado uno de los últimos testigos: el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Aunque Rajoy no fue acusado de ningún crimen, fue una escena humillante para él, el primer presidente del gobierno en funciones en ser llamado a juicio como testigo. El testimonio de Correa y la evidencia del libro de cuentas de Bárcenas de pagos de entrada y salida de la caja B del partido lo habían acorralado – entre los nombres que figuraban en ese libro había un tal “M. Rajoy“. En una serie de breves intercambios con un abogado de la fiscalía, Rajoy negó tener conocimiento de la participación de su partido en la trama. También negó conocer a Correa o haber recibido pagos en efectivo no registrados.

El 24 de mayo de 2018, tras seis meses de deliberaciones, el tribunal dictó finalmente las sentencias. Veintisiete acusados -entre ellos dos ex alcaldes del PP, dos ex tesoreros, un ex secretario regional de organización, un ex diputado y una serie de concejales municipales y asesores del PP- fueron condenados a un total de más de 300 años de cárcel. Correa, quien al final del juicio admitió su culpabilidad por algunos delitos y se comprometió a cooperar con los fiscales, fue condenado a un total de casi 52 años de cárcel por múltiples cargos de soborno, blanqueo de dinero, fraude fiscal y apropiación indebida de fondos públicos. Su número dos, Crespo, también fue declarado culpable de cargos que incluyen soborno, blanqueo de dinero y fraude y condenado a más de 37 años de cárcel.

Para el PP, el veredicto fue demoledor: el propio partido fue condenado como beneficiario directo de la trama Gürtel. El tribunal determinó que, desde que se fundó el partido, había mantenido un sistema de contabilidad en paralelo para recaudar dinero de los sobornos, que se podía utilizar para financiar el partido. El tribunal dijo que el testimonio de Rajoy y otras personalidades del PP que negaron saber de la existencia del fondo de reserva “no era creíble”. El daño a su reputación fue mucho peor que el castigo real, que ascendió a una multa de sólo 240.000 euros. (La sentencia habría sido considerablemente más dura si el caso se hubiera juzgado hoy, después de que un cambio en la ley de 2015 convirtiera el financiamiento ilegal de partidos en un delito.)

A los pocos días del veredicto, el partido socialista convocó una moción de censura contra Rajoy. El 31 de mayo, con una derrota que parecía inevitable, Rajoy y sus aliados más cercanos se escabulleron del debate parlamentario sobre si debía o no seguir dirigiendo el país. En su lugar, fueron a un restaurante cerca del palacio presidencial, donde permanecieron escondidos durante ocho horas, comiendo solomillo y bebiendo whisky mientras la prensa los asediaba. A las 22:00 horas, Rajoy, con ojos soñolientos, abandonó el restaurante ante los flashes de una horda de fotógrafos que le esperaban. Al día siguiente, el Congreso destituyó al gobierno de Rajoy en una moción de censura -la primera en la España post-franquista- y en su lugar, los socialistas formaron un gobierno minoritario.

En la larga década entre que Peñas acudió a la policía y la caída de Rajoy, los tribunales avanzaron muy lentamente, pero la opinión pública cambió mucho más rápido. Antes de la crisis, la satisfacción con el sistema político en España estaba entre las más altas de Europa, sólo por detrás de Dinamarca, Luxemburgo y Finlandia. Después de 2010, a raíz de la austeridad y los interminables escándalos de corrupción, la confianza en las instituciones, los partidos políticos y los bancos, se desmoronó. Gürtel, al igual que Watergate, ha convencido a muchos votantes a adoptar una visión conspirativa de la política. Cuando un juzgado de Valencia que presenció parte del juicio de Gürtel sufrió un incendio en 2017, hubo sospechas inmediatas de juego sucio, y los bulos en las redes sociales difundieron la teoría de que las pruebas en otros casos de corrupción del PP habían sido destruidas. Una investigación posterior determinó que el incendio fue causado por una falla eléctrica.

La corrupción también ha dado forma al debate político. Los separatistas catalanes han citado la corrupción del PP como una de las justificaciones de su propuesta de escisión de España, aunque los críticos señalan que el antiguo partido del anterior líder catalán, Carles Puigdemont, también se ha visto implicado en su propio gran escándalo por corrupción.

Lo más preocupante es que la extrema derecha ha empezado a utilizar la corrupción para atraer a los votantes. “Ahora [vosotros] tenéis las llaves del poder y seréis los que os deshagáis de los socialistas corruptos”, dijo Santiago Abascal, líder de Vox, unas horas después del sorprendente éxito del partido en las elecciones regionales andaluzas del pasado mes de diciembre, a una multitud de personas en Sevilla, que gritó “España, España, España”.

Estas predicciones se pondrán a prueba en abril, cuando España celebre sus quintas elecciones generales en 11 años. (El mes pasado, el Presidente del Gobierno socialista, Pedro Sánchez, se vio obligado a convocar elecciones anticipadas, después de no obtener apoyos suficientes para aprobar sus presupuestos.) Las encuestas predicen que ningún partido podrá conseguir una mayoría. El PP está en camino de obtener el peor resultado de su vida, aunque, paradójicamente, el partido tiene posibilidades de volver al poder si forma una coalición con Vox y Ciudadanos, el partido de centro derecha, como lo ha hecho en Andalucía.

Gürtel no ha terminado, ni mucho menos. El caso, tan vasto que se dividió en 10 juicios separados, continuará resonando en los tribunales durante años, y es probable que se llame a Peñas como testigo en cada caso. Siguen apareciendo acusaciones explosivas. Bárcenas, el ex tesorero del partido condenado el año pasado a 33 años de prisión por blanqueo de dinero, enriquecimiento personal y delitos fiscales, está también acusado en otros casos en curso. En enero de 2019, Bárcenas dijo a un tribunal que varios años antes, la policía, actuando por orden del Ministerio del Interior, había robado documentos a su cargo que supuestamente demostraban que el anterior Presidente del Gobierno Mariano Rajoy había recibido pagos extraoficiales, una acusación que Rajoy niega con vehemencia.

Para Peñas, el resultado del caso Gürtel ha sido agridulce. Más de 12 años después de que comenzara a grabar, sus demandas han sido reivindicadas. Sin embargo, aunque la sentencia anotó su inestimable contribución al caso, también cuestionó su complicidad con la corrupción durante el período en que trabajó para el PP y antes de comenzar a grabar a Correa. Fue declarado culpable de cargos que incluyen soborno y malversación de fondos. Fue sentenciado a casi cinco años de prisión y se le ordenó pagar más de 100.000 € en multas. Peñas espera que su condena sea revocada tras su apelación ante el Tribunal Supremo. Mientras tanto, continúa en libertad.

Correa, quien se negó a ser entrevistado para este artículo, argumenta desde la cárcel que fue castigado excesivamente en un juicio que fue diseñado con fines políticos. “Con este juicio que ustedes han orquestado, han conseguido lo que buscaban y mucho más“, escribió en una carta al Tribunal Supremo, publicada en octubre. “Ustedes han logrado destruir un gobierno y derrocar a un Presidente“. Sigue apegándose al mantra que repitió en el juicio y en las líneas telefónicas intervenidas por la policía en los meses previos a su detención. Él era solo un hombre de negocios, y así era como se hacían los negocios.


Artículo traducido por AnnA @annuskaodena
Article translated by AnnA @annuskaodena


Font: The Guardian @guardian

https://www.theguardian.com/news/2019/mar/01/spain-watergate-corruption-scandal-politics-gurtel-case

Autor: Sam Edwards @SamShepEdwards 
Fecha de publicación: 1 de marzo de 2019


 

Catalana. Londinenca. Republicana. Llicenciada en Filologia Anglogermànica. Traductora i correctora. Estimo les llengües i els llibres. Estimo la meva terra, Catalunya

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